Frente a la silla que me tocó ocupar y en una pequeña esquina de la estancia estaba el manzano.
No podía dejar de mirarlo mientras él me hablaba. Habían colocado el árbol bajo una enorme y antigua caldera de agua averiada que goteaba sobre la maceta. Mis pensamientos estaban en la planta, y en la esquina sombría, ¿Por qué estaba el árbol en el interior?. Alguien lo podó brutalmente, con alguna mala intención. Sus ramas terminaban en astillas blanquecinas y lechosas. Había perdido el hilo de su discurso y a veces le miraba y asentía muy educadamente. El manzano sin ramas se mantenía erguido y casi tronco inerte me atraía.
1 comentario:
"vos con tus pechos boreales
yo con mi caricia austral"
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