“Parece que últimamente todo va de agujeros”, pienso todas las mañanas en la ducha, desde que el fontanero abrió un enorme roto en el techo del baño, justo encima de mi cabeza.
El pie izquierdo roza el desagüe con el agua saliendo en espiral y encima aquel hueco que me obliga a mirar constantemente. Mi cuerpo como eje entre ambos huecos, uno que me perturba y el otro, el pequeño, por donde diariamente circulan pequeñas emociones.
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